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Coiffure Legendaire: los rizos de los dioses del Olimpo

Domingo, 09 Marzo 2014 11:29

Las cabelleras y barbas de los hombres de la Grecia Clásica se inspiraban en sus grandes héroes: Aquiles, Menelao, Paris... fueron descritos por Homero como bellos hombres con largas cabelleras de abundantes rizos.

Sin embargo, para entender la elaboración de los peinados helénicos es necesario dar una ojeada al precedente establecido por los asirios. Asentados en las orillas de los ríos Éufrates y Tigris, y organizados en ciudades estado propias de las civilizaciones mesopotámicas, representaban sus dioses y guerreros con abundantes cabelleras y barbas muy rizadas, que cubrían el rostro y el pecho.

Para obtener aquellos rizos ordenados eran imprescindibles las tenacillas de rizar, y por eso muchos historiadores los señalan como los inventores del rizado. Ya en Grecia, estos peinados de gran complejidad los distinguían de los bárbaros del norte, que llevaban el cabello más corto y desarreglado. Así, los rizos fragantes se convirtieron en una obsesión para los griegos, que dedicaban mucho tiempo al cuidado del cabello: lavarlo, trenzarlo, ondularlo, rizarlo, darle color e incluso perfumarlo. Utilizaban peines de hueso, bronce o marfil, a menudo ricamente decorados, y por supuesto, tenacillas de rizar.

En el Olimpo, las diosas se representaban luciendo largas cabelleras perfumadas, como la de Afrodita. Artemisa, diosa cazadora y guerrera, se hacía peinar por la ninfa Psecas, que se convirtió en la patrona de las peluqueras griegas –por este motivo eran llamadas psecades–. Se perfumaban el cabello y el cuerpo con esencias aromáticas elaboradas a base de flores, especias y aceites, ya que, tomando como modelo el panteón griego, también creían que las fragancias y aromas esenciales habían sido enviados al mundo por los dioses del Olimpo. Solían hervir flores y hierbas como la mirra o el olíbano, las hojas de vid y los extractos de rosa, y ligaban la preparación con aceite de oliva. Para suavizar el cabello, además de peinarlo, le daban brillo con lociones, pomadas y cera de abejas.

A pesar de la abundancia de hombres y mujeres con cabellos oscuros, el rubio era muy apreciado, como lo sería después en Roma. Por ello aclaraban la tonalidad del cabello con una variedad de jabones de sosa y aceite, y lejías alcalinas procedentes de Fenicia, por aquel entonces centro jabonero del Mediterráneo. Para coloraciones transitorias, se empolvaban con una mezcla de polen, harina amarilla y polvillo de oro.

Los hombres lucían, además, barba larga hasta los tiempos de Alejandro (330 a. C.), quien obligó a sus soldados a cortársela para evitar que durante los combates el enemigo se la pudiera estirar y adquirir ventaja para vencer. No fue hasta muchos siglos más tarde, en el período bizantino de Justiniano I (s. V-VI d. C.), que los ejércitos volvieron a permitir las barbas largas. Eso sí, los filósofos siempre la llevaron obviando las modas y normas de sus coetáneos. Se las dejaban crecer como un signo distintivo de los pensadores y un símbolo de su sabiduría. Son ejemplos de ello los bustos de Sócrates o Platón.

Más tarde, en la Atenas del siglo V a. C., dentro del ágora, se construyeron los primeros saloncitos de peluquería, llamados 'koureia'.  Ahora el cabello se llevaría más corto y rizado. Las mujeres llevaban el típico peinado simétrico, con una partición central, rizado y recogido en la nuca. Entre los hombres se estilaba el 'krobylos', un peinado totalmente trenzado que recogía las trenzas que caían encima de la espalda con una cinta que rodeaba las sienes, de tal manera que el cabello quedaba recogido en la nuca en un moño ancho y flotante.

Es en esta época, seguramente, fue cuando los barberos empezaron a adquirir la fama tópica de ser fisgones. El mito narra como el rey Midas, que tenía orejas de asno por haberse atrevido a humillar al dios Apolo, se las escondía debajo de un sombrero. Tal y como se describe en 'Las metamorfosis de Ovidio', finalmente se enteró de su secreto su barbero, al cortarle el pelo. El barbero hizo correr la noticia a los cuatro vientos y, muy rápidamente, el rey quedó en ridículo ante todos.

Por Raffel Pages

Más información: www.museumraffelpages.com

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