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Coiffure Legendaire: Hair Like an Egyptian

Domingo, 02 Marzo 2014 12:11

La civilización egipcia era una sociedad que prestaba mucha atención a la belleza. La gran mayoría de la población usaba pelucas... no tan solo para disimular la calvicie, sino por imperativos higiénicos, estéticos o religiosos.

En cuanto al cabello, lo enrollaban, lo ondulaban, lo trenzaban... Parece ser que los campesinos, los trabajadores y, en general, la gente perteneciente a las clases populares llevaban el cabello muy corto o incluso completamente rapado. Por razones higiénicas les convenía llevar las cabezas afeitadas, ya que las constantes inundaciones del río Nilo provocaban plagas de insectos y piojos. En cambio, entre la nobleza y las clases más acomodadas la tendencia era llevar pelucas: denotaban el rango social dentro de la jerárquica sociedad egipcia. Eran verdaderas obras de arte y, cuanto más adornadas y elaboradas, cuantos más ornamentos y trenzas llevaban, mayor estatus social indicaban. Parece ser que la peluca de la reina Isimkheb (circa 900 a. C.) para los grandes acontecimientos pesaba tanto que la soberana necesitaba ayuda para poder andar.

Durante el Imperio Medio, estas pelucas eran siempre simétricas, cortas, cuadradas y en forma trapezoidal. Se adornaban con pequeños peines, flores, cintas de colores, diademas de oro, plumas de aves... Después, durante el reinado de Akenatón, esta simetría se rompió y empezó la moda de los peinados asimétricos.

Encima de las pelucas, como se aprecia en los bajos relieves del antiguo Egipcio, colocaban una especie de ungüento perfumado de forma cónica, elaborado con grasas vegetales y animales y que mediante determinados rituales –con cierta connotación erótica– se deshacían lentamente encima de las pelucas, los hombros, los vestidos de lino y todo el cuerpo, impregnándolos de fragancias aromatizadas. En varias pelucas se han encontrado restos de estos conos perfumados.

Las pelucas se elaboraban con cabellos naturales de color castaño o castaño oscuro, se teñían después de negro y se impregnaban con cera de abejas. Cabe destacar que llevaban pelucas tanto hombres como mujeres. De hecho, las mujeres de mayor rango lucían, durante los actos oficiales, barbas postizas alargadas –reservadas a la divinidad y al faraón– para dar a entender que podían ser tan autoritarias como los hombres. Es famoso el caso de la reina Hatshepsut, soberana desde 1490 a.C. hasta 1468 a.C., que tras la muerte de su padre, Tutmosis I, para asumir el papel de faraón adoptó una barba postiza y vestimenta masculina.

Las pelucas masculinas eran igualmente muy elaboradas; al contrario de lo que nos podamos imaginar, mucho más que las femeninas. De estilo denominado «doble», llevaban trenzas en la parte superior y rizos en la inferior. Un muy buen ejemplo de ello es la que se conserva en el British Museum de Londres, que presenta además dos tonalidades de castaño diferenciadas. Lo más curioso de todo es que la elaboración artesanal de las pelucas no ha cambiado demasiado en la actualidad. Aquellas pelucas se confeccionaban a veces con el propio cabello de la persona que las llevaría, y se montaban después encima de la cabeza afeitada. Para dotarlas de más volumen se utilizaban, como relleno dentro de la peluca, fibras de palmeras datileras, lino, lana u otras fibras vegetales. Pero el elemento principal era el cabello natural, muy apreciado, tanto como el oro o el incienso.

También se utilizaban muchas extensiones para aumentar la longitud y el volumen del propio cabello. Se han encontrado trenzas postizas en los ajuares funerarios de mujeres de diversas dinastías de la realeza. Estas trenzas se usaban también para tapar la calvicie o para disimular las canas. Del mismo modo, en estos ajuares funerarios abundan las cajas utilizadas para guardar la peluca y mantener su forma, como la de Tutankamón sin ir más lejos.

Diversos grupos sociales aparecen representados sin peluca. Por un lado las criadas o trabajadoras, que solían llevar un corte de pelo con la cabellera rizada, raya en medio y flequillo, aunque también podían llevar el mismo corte pero en una peluca bipartida. Las bailarinas tampoco llevaban peluca. Se dejaban un largo mechón de cabello encima la corona de la cabeza con la finalidad de trenzarlo y decorarlo con un disco de material rígido en el extremo de la trenza; este disco mantenía la trenza vertical y marcaba el ritmo de baile al hacerlo oscilar.

Los niños de la realeza tampoco utilizaban pelucas. Llevaban el pelo muy corto o rasurado, pero mantenían un mechón de cabello encima de la cabeza que dejaban crecer para trenzarlo a un lado, de manera que cayera por una sien. Se llamaba «mechón de juventud», ya que al alcanzar la edad púber se cortaba.

Tampoco llevaban peluca los sacerdotes durante los rituales y oficios religiosos, como símbolo de pureza y contacto con la divinidad. Eso sí, fuera de las ceremonias podían llevar peluca. Los sacerdotes llevaban al pie de la letra la higiene escrupulosa del pueblo egipcio: se circuncidaban, se purificaban constantemente y se acogían a prescripciones alimentarias y rituales.

En otro ámbito, no podemos dejar de nombrar uno de los protagonistas indiscutibles de la historia de la peluquería: los barberos, cuyo oficio ya aparece reseñado por el escribano Khety alrededor del año 2000 a.C. Describe el oficio como una profesión pesada y poco lucrativa: tienen que trabajar de sol a sol, buscando por las calles alguien a quien afeitar o rapar el pelo bajo la sombra de un árbol, para resguardarse del calor, y anunciarse y ofrecer sus servicios para encontrar clientes. De hecho, los barberos arrastrarán una larga tradición ambulante hasta casi el siglo XVII, cuando empezarán a abrir salones y a confundirse con los peluqueros.

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